Presentación: Innovar o morir

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Quien es considerado uno de los padres del postmodernismo y cuyo pensamiento es una de las mayores influencias en lo que en nuestro ámbito es el modelo de mediación narrativa, Michael Foucault, era entrevistado en 1988 en Berkeley, California, por Michael Bess, interesado en conocer el papel de los valores en este “cuestionador de la Realidad y la Verdad” con mayúsculas, y cuyo tema central fue señalar las relaciones desiguales de poder a menudo silenciadas o inconscientes. Y es que muchos podían prejuzgar erróneamente a Foucault, apoyándose en ese cuestionamiento de lo dado, como alguien carente de valores. Si la realidad es intangible, tampoco habrá valores que puedan darse por válidos, salvo influidos por el momento social y cultural correspondiente. ¿Existe, pues, una ética del conocimiento? Foucault señala que “uno de los sentidos de la existencia humana –la fuente de su libertad– es no aceptar nunca nada como definitivo, intocable, obvio o inmóvil. No se debería aceptar que ningún aspecto de la realidad se convierta en ley definitiva y antihumana para nosotros” y plantea, en dicha entrevista, los tres elementos que componen su moral:

“Estos son (1) la negación a aceptar como evidente las cosas que se nos proponen; (2) la necesidad de analizar y conocer, dado que no podemos llevar a cabo nada sin la reflexión y el entendimiento –de ahí el principio de curiosidad; y (3) el principio de innovación: buscar en nuestras reflexiones aquellas cosas que nunca han sido pensadas o imaginadas. En resumen: negación, curiosidad, innovación”.

La vinculación de estos tres principios con la conflictología como tema de estudio en crecimiento en relación con el entendimiento de los mecanismos que generan, mantienen y disminuyen los conflictos, por un lado, y la mediación narrativa, que requiere el cuestionamiento de “las verdades” asentadas en los discursos, por otro lado, es más que evidente. Y nos parecen tres buenos principios sobre los que realmente asentarse para nuestra práctica profesional. Son los que pueden mantenerla viva y hacerla evolucionar.

El primero de ellos, la negación, puede resultar a primera vista el más chocante para una práctica que quizás se ha basado excesivamente en otro principio tan cuestionable y cuestionado como es el de la neutralidad mal entendida. La idea de que el mediador no cuestiona puede estar detrás de muchos de los fracasos de nuestra bienintencionada y por momentos excesivamente servil práctica profesional. Que las partes no se sientan cuestionadas nos parece adecuado para que no sientan que nos ponemos del otro lado. Pero la negación va más allá: niega también el concepto de lados correctos e incorrectos, niega que las personas se asienten en sus Verdades porque todas esas Verdades están sembradas de intereses, narrativas dominantes y cargadas de excesiva emocionalidad en roles de víctimas y verdugos, de buenos y malos. Negar no es confrontar sino partir de la idea de que lo relatado no es más que eso, un relato, y que si lo validamos no hacemos sino fortalecer la posición con la que las partes acuden a mediación. Este tema ya lo he abordado extensamente, como muchos lectores ya saben, en “Mediación Motivacional” (Madrid Liras, 2017), por lo que no me extenderé más. Pero queda ahí: la negación como principio “más allá de la neutralidad”, parafraseando al maestro Bernard Mayer.

Sobre el siguiente principio, la curiosidad, “Revista de Mediación” ha hecho también un considerable esfuerzo por traer en sus últimos dos números el modelo de mediación insight para los hispanolectores. No hay cambio real sin insight, sin ese momento “eureka” que nos permite ver los problemas de forma diferente (insight directo) o sin ese momento previo de toma de conciencia de que el camino que estoy siguiendo no es el correcto, ese momento “por ahí no” (insight indirecto). La curiosidad supone, como señala Foucault, la necesidad de reflexionar, analizar y comprender, y la tarea del mediador es, por encima de cualquier otra, promover este análisis y cuestionamiento de lo asumido como única verdad, la posición, para abrirse a otras posibilidades.

Por último, la innovación. Si damos por válida una práctica como la mediación tal cual se nos ha enseñado, sin cuestionamiento, sin la curiosidad de analizar los errores que comentemos o las intervenciones que no nos conducen a un mayor entendimiento entre las partes, y nos aposentamos en un discurso victimista –igualito al que traen las partes a mediación- sobre los agentes externos que nos impiden que la mediación crezca, será imposible que realmente la mediación crezca y se desarrolle adecuadamente y, por tanto, está condenada a morir. Y si realmente ese es el camino que queremos para la mediación, nosotros apostamos y apoyamos su muerte, porque la mediación será irrelevante, poco útil, poco enriquecedora para las personas que pasan por un proceso tan duro. Luego, innovar o morir. De más son conocidos tanto la opinión como los esfuerzos del equipo de esta Revista, que de hecho es lo que da sentido a esta publicación, por apostar por nuevas prácticas y por mejorar las que ya estamos realizando. En ese sentido, este número de “Revista de Mediación” supone, como ya en otras ocasiones, una propuesta por escuchar voces que, de forma analítica y seria, y no sólo voces de gallinero carentes de práctica real, puedan ofrecernos una mayor comprensión de nuestra tarea y nuevas posibilidades.

Se inicia este número con un artículo de Joan Albert Riera y Tatiana Casado, de la Universidad de las Islas Baleares, de especial atracción para los directores de esta revista. “Fundamentos para la construcción de una relación de confianza” hace un esfuerzo académico importante por aportar a los profesionales una herramienta que pueda servirnos en nuestra práctica profesional. Tal generosidad va acompañada de una revisión bibliográfica (aunque breve, muy interesante) sobre la importancia de la relación de confianza que las partes deben establecer con el mediador y los (numerosos) estudios al respecto. Y es que, nuevamente, este concepto, aunque defendido por otros autores (algunos de ellos los encontraremos en esa buena revisión del tema, y nuevamente, y disculpen la autoreferencia, es un punto cardinal de la propuesta de mediación motivacional que este equipo defiende), resulta a otros chocante cuando no escandaloso por atentar contra el dogma de “la correcta mediación”, que, en pro de dar el protagonismo a las partes, solicita del mediador que sea poco más que un elemento no influyente, meramente decorativo. Riera y Casado nos hablan de enganche, conexión emocional y seguridad como elementos beneficiosos en la relación de los mediados con los mediadores, palabras prohibidas para la Inquisición Mediadora, pero que resultan a nuestros oídos fundamentales para una buena práctica real de la mediación.

El siguiente artículo nos viene de nuestra cercana Universidad Carlos III de Madrid y de una de esas voces discretas pero firmes, que tanto hace por la tan necesaria apertura de la abogacía en España y por su relación con otros países hermanos, Amaya Arnáiz. Nuevamente nos encontramos con una voz que no es cómoda para el establishment, que va a exponer los problemas que supone el posicionamiento tradicional de la abogacía respecto a los ADR en general y la mediación en particular, hasta el punto de hablar de la insatisfacción de los propios usuarios con el sistema de justicia tradicional y de agotamiento del proceso judicial como forma principal de resolución de conflictos. Si Riera y Casado eran carne de hoguera para la Inquisición Mediadora, Arnáiz se la juega con otra Inquisición aún más poderosa, la de los abogados. Pero es un artículo que genera esperanzas porque nos habla de aperturas de cambio dentro del Consejo de la Abogacía Española y de las posibilidades que eso puede suponer para el fortalecimiento de estos medios. Refiere que el modelo de justicia está en transformación, como todo lo vivo, y así debe ser; abierto a nuevas posibilidades, superando resistencias al cambio. Y nuevamente suena como música celestial para nuestros oídos.

No menos polémica es nuestra siguiente autora, María José Briz, de la Universidad Católica del Uruguay. Decide abordar el asunto tan vilipendiado del Síndrome de Alienación Parental y sus posibilidades a través de la mediación. Según vamos leyendo sus interesantes análisis de la cuestión, reflexiones y propuestas, podemos ir oliendo el humo de la hoguera que ya sufrieron otros. Desde el propio Gardner, que lo propuso, a nuestro maestro Bolaños, que lo abordó profundamente y lo enriqueció, cargándolo de nuevos matices fundamentales, en un texto fundamental de la colección de mediación de la editorial Reus, este asunto ha generado mucha controversia y no pocos ataques. Por suerte, en psicología más que una Inquisición del “Pensamiento Único” lo que hay es un constante choque de reinos de Taifas, por lo que no hay una Verdad asentada sino una permanente desacreditación del otro, con poco alcance. Pero, volviendo a los principios ya mencionados, negación es no dar por válido sin más el discurso dominante, sin cuestionar; curiosidad es abrirse a los debates sin dejarse dominar por los prejuicios; e innovación es darse la oportunidad de probar. Porque lo contrario es morir o retirarse como práctica posible para determinadas realidades sociales que requieren el apoyo de profesionales proactivos y decididos. Así, por ejemplo, está pasando en los asuntos familiares con la cada vez más presente figura del coordinador de la parentalidad. Cuando la mediación no ha sido capaz de que las partes salgan de sus posicionamientos, la coordinación de la parentalidad acude para acabar de resolver lo que los “ingenuos mediadores neutrales” no han podido.

Y de innovación va nuestro cuarto artículo, de Manuel Besagoiti y Andrea Ortiz, de la Universidad Carlos III de Madrid y de la Asociación Educación, Cultura y Solidaridad respectivamente. Nos traen una experiencia concreta, realizada en el barrio de San Cristóbal de los Ángeles, donde han llevado a cabo una interesante experiencia de mediación comunitaria e intercultural a través de una metodología basada en la propuesta de los Foros Abiertos de Arnold Mindell (autor de la “Psicología Orientada a Procesos”). A través de sus páginas, podremos ir siguiendo paso a paso la intervención que sus autores llevaron a cabo en este marco, para ir descubriendo nuevos conceptos que nos parecen interesantes para reflexionar e incorporar a nuestra práctica, como son los de “realidad consensuada” vs. “realidad de sueños” o el de “roles fantasmas”. Es un muy buen aperitivo para que el lector deseoso de seguir profundizando pueda adentrarse con más facilidad en los pocos textos que aún disponemos en castellano sobre esta metodología. Y es una nueva apuesta de unos autores a los que seguiremos de cerca.

Por último, nos vamos hasta Cuba gracias a Yamila Camacho, de la Universidad de Oriente (Santiago de Cuba), para retomar un ámbito que nos gusta visitar de vez en cuando, como es el de la mediación educativa. Como ya hiciera nuestra directora Mónica Rodríguez-Sedano en un artículo para Revista La Trama sobre el papel de los PTSC como figuras mediadoras en los Centros educativos en secundaria, Camacho profundiza en las tareas de los docentes, con especial atención a la educación primaria, y las posibilidades de la mediación como herramienta para abordar la convivencia y los valores. En un artículo cargado de referencias sobre estudios previos, Camacho nos va llevando por un recorrido histórico que concluye en su propia experiencia práctica en la que se implementa en un seminternado de primaria un plan de mediación en conflictos a través de la preparación de los maestros para esta labor. Los resultados son satisfactorios y muy interesantes. De nuevo curiosidad, atrevimiento y osadía necesarios para que la mediación pueda evolucionar.

¿Qué es más noble para el alma: sufrir los golpes de la ultrajante fortuna o tomar las armas contra un mar de zozobra?, nos preguntaría Hamlet. Innovar o morir, esa es la cuestión.

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